En la más pura tradición de los grandes dúos cómicos —de Arlequín y Brighella a Laurel y Hardy— surge la poderosa unión de Anna de Lirium y Colette Gomette, dos payasas que llevan el humor femenino al centro de la escena.
Hélène Gustin (Colette Gomette) y Tanja Simma (Anna de Lirium) se conocieron en una gira en Brasil en 2014, tras años de búsqueda de una pareja escénica ideal. Ambas contaban ya con una sólida trayectoria en solitario, desarrollada durante más de 25 años en escenarios internacionales, festivales, calles y espacios no convencionales como hospitales.
Maestras del clown visual, cada una ha construido un personaje propio que, con el tiempo, ha madurado y adquirido una fuerte identidad escénica. Su encuentro da lugar a una colaboración rica, llena de contrastes, complicidad y situaciones cómicas de gran variedad.
Una grande y una pequeña. Una robusta y una delgada. A primera vista, el contraste físico ya genera un fuerte efecto cómico, aunque la relación entre ambas va mucho más allá de esa diferencia.
Anna se muestra como una presencia desbordante de afecto, siempre dispuesta a hacer cualquier cosa para ser vista y reconocida por la otra. Colette, en cambio, reclama libertad y autonomía, aunque a menudo sin ser plenamente capaz de sostenerla. Una encarna el poder del tamaño; la otra, el poder de la velocidad.
Unidas como el yin y el yang, se necesitan constantemente, en una búsqueda inestable de la distancia perfecta. Su relación se convierte en un espejo de la condición humana, donde emergen el exceso de amabilidad, los deseos ocultos y el ego, que inevitablemente ponen a prueba su amistad.
A través de estos dos personajes ingenuos y profundamente humanos, el espectáculo emociona y trasciende lo particular para alcanzar lo universal.
Una grande y una pequeña. Una robusta y una delgada. A primera vista, el contraste físico ya genera un fuerte efecto cómico, aunque la relación entre ambas va mucho más allá de esa diferencia.
Anna se muestra como una presencia desbordante de afecto, siempre dispuesta a hacer cualquier cosa para ser vista y reconocida por la otra. Colette, en cambio, reclama libertad y autonomía, aunque a menudo sin ser plenamente capaz de sostenerla. Una encarna el poder del tamaño; la otra, el poder de la velocidad.
Unidas como el yin y el yang, se necesitan constantemente, en una búsqueda inestable de la distancia perfecta. Su relación se convierte en un espejo de la condición humana, donde emergen el exceso de amabilidad, los deseos ocultos y el ego, que inevitablemente ponen a prueba su amistad.
A través de estos dos personajes ingenuos y profundamente humanos, el espectáculo emociona y trasciende lo particular para alcanzar lo universal.